Dije aquí que le dedicaría un espacio aparte a la comida del martes 24 en Bilbao porqué así lo merece. Fue curioso y casual que fueramos al Restaurante Mina, en el Muelle Marzana, justo enfrente de La Ribera, tres días después que saliera reseñado en el suplemento de un periódico de tirada nacional. El crítico en nómina suele repartir estopa, así cocinaran para él Adrià, Santamaría, Ducasse, Bocusse y Apicio todos juntos. Como la idea no es meterse con los críticos sino valorar lo que a mi entender fue esa comida, empezaré afirmando que entramos en Mina con un especial interés y otorgando una gran cuota de relatividad rozando la incredulidad a lo que habíamos leído en dicha crítica.

Coincidimos en que la apuesta es arriesgada: un lugar muy céntrico pero urbanísticamente todavía apartado del flujo urbano habitual. Tiempo al tiempo: los ritmos de las ciudades requieren temporalidades que no se trazan con cartabón. No ayuda el hecho de que el Muelle sea poco más que una calle hormigonada, sin vida en la ría y muy poca en la arquitectura circundante. De repente, a la altura de La Ribera aparece la entrada del Mina, un tanto escondida, y que fácil puede ser pasada por alto si uno observa embobado la magnifica estructura del mercado. Es una apuesta, sin duda alguna.
Estuvimos solos gran parte de la comida, con lo que la atención de Lara fue excelente incluso antes de entrar por la puerta, según se dijo: desde la misma llamada. El espacio apunta muy alto: desde la bodega en la entrada, los servicios correctos y la sala enfocada hacia la ría. Todo fueron facilidades, y el menú (único y circulante, compuesto de varias medias raciones: otra apuesta) nos gustó de entrada, con lo que nos dispusimos a disfrutar de un buen almuerzo en muy buena compañía.

La carta de los vinos resultó más que suficiente, y encontramos la referencia correcta que nos permitió escapar de la que llamamos Dictadura de los Rioja, muy extendida en Bilbao. Ojalá todas las dictaduras fueran como esta. Encontramos un Enrique Mendoza, el shiraz del 2005, que nos encanta por su fruta madura y ligera crianza; y a un precio muy adecuado.
Empezamos con un Foie pochado en vino tinto con sardina en salazón. Los toques de regaliz, muy conseguidos, lo que más me gustó del plato. El foie no me pareció del todo adecuado, sinceramente los he tomado mejores, pero el global del plato me dio una buena sensación de entrada.
El "Risotto" de begi haundi resultó ser de lo más curioso porque nunca había probado este tipo de plato: el begi haudi es un calamar grandote, como una jibia, y cortado así tan pequeño como si fuera arroz estaba curioso. El plato tenía unos matices de cacao y piñones que le dieron ese punto que compensa el soso del calamar: muy bien.
Con el guiso de callo de cordero y setas de temporada entramos en otra dimensión. Soy de los que considera que una buena comida necesita inevitablemente de un guiso, y este de callos resultó estupendo: la textura insuperable y la espuma que lo acompañaba no me molestó en absoluto, cosa que de por si ya es un logro.
En este momento el grado de felicidad era elevado, y la tripa empezaba a sentirse satisfecha, muy satisfecha, pero aún pudimos disfrutar más. Primero con la Merluza acompañada de su pil pil y pisto, para mi quizás el plato más flojito de todos. Pero ¿sabéis qué? el producto era insuperable: la merluza estaba tan fresca que apenas Lara salió de la cocina a la sala con los platos ya percibimos su aroma fresco y penetrante: y así se lo dijimos.
Terminamos con un Lechón confitado con crema de manzana. Detectamos ahí una crema de naranja amarga que a mi me gustó mucho, una pena que la manzana quedara algo escondida. El lechón se presentó crujiente, con lo que se realzó su sabor. Para mi, el mejor plato de todos.
Pero con los postres llegamos al summum. En eso si acertó nuestro crítico gruñón (el del periódico), y es que en los postres, el talento de Álvaro llega a la excelencia. Fueron dos, pero podrían haber sido siete. Primero un Merengue de piña con sorbete de hierbaluisa, muy refrescante y delicado sobremanera, rozando lo light y efectivamente poco contundente, aunque no creo que la contundencia fuera el objetivo del postre. Bien.
El segundo me pareció una obra maestra, un Sabayón de azúcar moscovado con mandarina, de tres texturas diferentes y que acompañado con un Par naranja, de Bollullos, resultó una combinación de aquellas que se recuerdan. No hay postre sin copa que merzca tal nombre. Muy muy bien.
En lo del café, si que estos bilbaínos no acaban de acertar: correcto sin más. No excelente mas correcto. Hay sitios donde el café es directamente malo y te puede echar una comida por el suelo (evítese el café en Francia); no es el caso, pero no se le pueden pedir peras al olmo. Si quiere un buen café, se va a Italia.
No podemos terminar este post sin expresarle a nuestro anfitrión nuestro mayor agradecimiento por tan excelente invitación.