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Archivo: Julio 2008

Balaitous, como fue

kudeku 29/07/2008 @ 10:37

Tal como dijimos aquí nos disponíamos a subir al Balaitous. Desafortunadamente, y por un problema familiar, no pudimos ir el sábado a la Gran Facha. Pero lo que hicimos luego en el Balaitous nos dejó más que satisfechos (¡y también exhaustos!). Partimos la subida en 2 días: el primero fue llegar en coche hasta Sallent de Gállego y dejarlo en el embalse de La Sarra. Una subida tranquila hasta Respomuso, el embalse y el refugio, que está a 2.200 mts. El segundo día fue la subida al Balaitous (3.146 mts) por la Brecha Latour y bajada hasta Respomuso a recoger el material y seguir bajando hasta La Sarra. Y coche hasta Barcelona. Las cifras son potentes: 1.700 metros de desnivel en bajada y más de 10h 30' de marcha. Dejamos algunas fotos para que disfruteis de la ascensión.

Valle Río aguas Limpias
Valle del Río Aguas Limpias, con el
Pic d'Arriel al fondo (2.824 mts)
Llegando al Refugio 
Llegando a Respomuso, con la Gran
Facha (3.005 mts) entre las nubes
La marmota
La marmota, guardiana y
señora de estos paisajes
Saliendo de Respomuso
Amanece despejado en Respomuso
Ganando altura
 Ganamos altura: magnifica panorámica
de los Infiernos, Garmo Negro, Argualas...
todos ellos por encima de los 3.000 mts
Brecha Latour
La Brecha Latour: subimos por la
línea roja y la bajada por la verde
Por la Brecha
Subiendo por la Brecha
Magníficas vistas
 Una vez arriba, las vistas son inmejorables:
el macizo del Vignemale, Taillón al fondo e
incluso Posets y Maladetas (no se ven aquí)
Pala superior
¡Un último esfuerzo hasta la cumbre!
Cima Balaitús
¡Y ahí estamos!
Midi d'Ossau
El imponente Midi d'Ossau (2.884 mts)
Bajada...
Glups... por ahí hay que bajar...
Vamos, pues...
Pues venga, a bajar tocan...
Rapel
Rapel a 2.900 metros
Bajando de la Rimaya
Bajando de la Rimaya

El quinto en discordia

kudeku 07/07/2008 @ 23:52

Habría mucho que hablar acerca de si a veces resulta una buena decisión escuchar a un librero. Pero lo que seguro nunca acaba siendo es una mala decisión. Hace unos días me acerqué a mi librería de referencia, buscando un par de cosas a tiro fijo y algunas otras que pudieran surgir. Me encontré con Celia, librera experta y casi casi amiga, después de algun tiempo común, profesional, que compartimos en el pasado. Entre charla y charla, entrecortadas por clientes, compradores, curiosos y lectores(siempre es charla entrecortada cuando hablas con un librero), me recomendó uno de los últimos Premi Llibreter, El quinto en discordia, de Robertson Davies, publicado por Libros del Asteroide.
El quinto en discordia
Reconozco que me lo llevé sin mucha convicción, sabiendo que los gustos lectores de Celia y los míos suelen ser, muy a menudo, divergentes. Creo que en algo ayudaba el hecho de que, un poco a contracorriente, si, la estética del Asteroide no me acaba de gustar, a pesar de reconocer que está muy conseguida. Una vez más, parecía prevalecer la estética al contenido. Pero como nunca es mala decisión escuchar a un librero, resultó que por una vez que me llevé lo que me recomendó, el acierto ha sido total y absoluto.

Este año he tenido mucha fortuna (que no suerte, sino más como decía Maquiavelo: la fortuna uno se la hace, la suerte es puro azar) con los libros que he leido, por lo general han sido todos bastante buenos y alguno muy muy bueno, lo cual no es común. Sin duda, El quinto en discordia está entre los muy muy buenos. Alguien podrá decir que ya se sabe hace algún tiempo lo de este libro, que si no es una novedad y que ya ha vendido un montón al otro lado del Atlántico... bla bla bla... lo que importa es que es una obra magnífica, con una descripción de personajes enorme, tan simple como profunda, y el hilo va tirando por la vía más sencilla, sin que eso signifique la más facilona, en absoluto. Una gran, grandísima obra.

Y para colmo forma parte de una trilogía... pues ya mismo caerán los otros dos ejemplares...

Balaitous

kudeku 07/07/2008 @ 23:06

¡¡Oeoeoeoe!!!

Este fin de semana nos vamos a subir picos. A ver cómo va, pero ¡me gusta mucho como pinta la cosa!

El plan es subir hasta Respomuso, e intentar hacer el Gran Facha (Aznar, claro, jeje), de 3.005 mts y al día siguiente el Balaitous (3.146 mts). Iremos con cuidado, sin prisa pero sin pausa. Si todo va bien, hablaremos de nuestra gesta la semana próxima.

Dejo tres fotos, del refugio de Respomuso, del Gran Facha y del Balaitous.

Respomuso
Gran Facha, 3.005 mts
Balaitous, 3.246 mts

Sumergido en el calor

kudeku 04/07/2008 @ 01:42

Esta semana en Barcelona, y por lo que creo en el resto de la Península, el calor ha sido asfixiante. El miércoles cometí la insensatez de salir de casa con bambas y calcetines un poco gruesos, y a los quince minutos mis pies parecían sopa de tapioca.

El mundo sumergidoHoy, que la temperatura volvió a ser decente, me acordé de un libro que leí no hace mucho: El mundo sumergido de J.G.Ballard, un clásico de la ciencia ficción. Una antiutopía, de gran carga psicológica, en que el calor ha invadido la tierra debido a una serie de cataclismos geológicos. Los polos se han derretido y el planeta está medio inudado, con todas las grandes ciudades parcialmente sumergidas. El calor ha convertido las zonas templadas en tórridas, y lo que queda de humanidad vive replegada cerca de un polo norte aún templado. Las temperaturas en la tierra van subiendo, y en el ecuador se alcanzan los 90º, menudo panorama.

Lo interesante de la trama, toda la parte más psicológica, es que la flora experimenta una especie de retroceso a períodos cálidos del pasado (como el carbonífero). Pero también empieza a afectar a los humanos, sobretodo a los investigadores que se aventuran a bajar unos grados de latitud, como los de la trama. Ellos también experimentan una especie de regresión hacia una inactividad física, apatía y desgana total, triásica dice Ballard. En un momento determinado, uno de los investigadores, afectado por una extraña enfermedad física y mental, casi reptiliana, huye del refugio al exterior, donde impera un calor mortal, hacia el sur:

La figura de Hardman se movía ahora a grandes pasos a doscientos metros de distancia, como si no sintiese aquel calor de horno. Alcanzó la primera loma, que unos vastos palios de vapor ocultaban en parte, y desapareció como un hombre que se pierde en la niebla. Las largas orillas del mar interior se extendían hasta fundirse al fin con el cielo incandescente, de modo que Hardman parecía estar caminando entre unas dunas de ardiente ceniza blanca, hacia la boca misma del sol.

Pues más o menos esta sensación de sofoco extremo es la que he sentido estos días en nuestra ciudad.

Mina

kudeku 03/07/2008 @ 16:03

Dije aquí que le dedicaría un espacio aparte a la comida del martes 24 en Bilbao porqué así lo merece. Fue curioso y casual que fueramos al Restaurante Mina, en el Muelle Marzana, justo enfrente de La Ribera, tres días después que saliera reseñado en el suplemento de un periódico de tirada nacional. El crítico en nómina suele repartir estopa, así cocinaran para él Adrià, Santamaría, Ducasse, Bocusse y Apicio todos juntos. Como la idea no es meterse con los críticos sino valorar lo que a mi entender fue esa comida, empezaré afirmando que entramos en Mina con un especial interés y otorgando una gran cuota de relatividad rozando la incredulidad a lo que habíamos leído en dicha crítica.

Mina

Coincidimos en que la apuesta es arriesgada: un lugar muy céntrico pero urbanísticamente todavía apartado del flujo urbano habitual. Tiempo al tiempo: los ritmos de las ciudades requieren temporalidades que no se trazan con cartabón. No ayuda el hecho de que el Muelle sea poco más que una calle hormigonada, sin vida en la ría y muy poca en la arquitectura circundante. De repente, a la altura de La Ribera aparece la entrada del Mina, un tanto escondida, y que fácil puede ser pasada por alto si uno observa embobado la magnifica estructura del mercado. Es una apuesta, sin duda alguna.

Estuvimos solos gran parte de la comida, con lo que la atención de Lara fue excelente incluso antes de entrar por la puerta, según se dijo: desde la misma llamada. El espacio apunta muy alto: desde la bodega en la entrada, los servicios correctos y la sala enfocada hacia la ría. Todo fueron facilidades, y el menú (único y circulante, compuesto de varias medias raciones: otra apuesta) nos gustó de entrada, con lo que nos dispusimos a disfrutar de un buen almuerzo en muy buena compañía.

Enrique Mendoza Shiraz 2005

La carta de los vinos resultó más que suficiente, y encontramos la referencia correcta que nos permitió escapar de la que llamamos Dictadura de los Rioja, muy extendida en Bilbao. Ojalá todas las dictaduras fueran como esta. Encontramos un Enrique Mendoza, el shiraz del 2005, que nos encanta por su fruta madura y ligera crianza; y a un precio muy adecuado.

Empezamos con un Foie pochado en vino tinto con sardina en salazón. Los toques de regaliz, muy conseguidos, lo que más me gustó del plato. El foie no me pareció del todo adecuado, sinceramente los he tomado mejores, pero el global del plato me dio una buena sensación de entrada.

El "Risotto" de begi haundi resultó ser de lo más curioso porque nunca había probado este tipo de plato: el begi haudi es un calamar grandote, como una jibia, y cortado así tan pequeño como si fuera arroz estaba curioso. El plato tenía unos matices de cacao y piñones que le dieron ese punto que compensa el soso del calamar: muy bien.

Con el guiso de callo de cordero y setas de temporada entramos en otra dimensión. Soy de los que considera que una buena comida necesita inevitablemente de un guiso, y este de callos resultó estupendo: la textura insuperable y la espuma que lo acompañaba no me molestó en absoluto, cosa que de por si ya es un logro.

En este momento el grado de felicidad era elevado, y la tripa empezaba a sentirse satisfecha, muy satisfecha, pero aún pudimos disfrutar más. Primero con la Merluza acompañada de su pil pil y pisto, para mi quizás el plato más flojito de todos. Pero ¿sabéis qué? el producto era insuperable: la merluza estaba tan fresca que apenas Lara salió de la cocina a la sala con los platos ya percibimos su aroma fresco y penetrante: y así se lo dijimos.

Terminamos con un Lechón confitado con crema de manzana. Detectamos ahí una crema de naranja amarga que a mi me gustó mucho, una pena que la manzana quedara algo escondida. El lechón se presentó crujiente, con lo que se realzó su sabor. Para mi, el mejor plato de todos.

Pero con los postres llegamos al summum. En eso si acertó nuestro crítico gruñón (el del periódico), y es que en los postres, el talento de Álvaro llega a la excelencia. Fueron dos, pero podrían haber sido siete. Primero un Merengue de piña con sorbete de hierbaluisa, muy refrescante y delicado sobremanera, rozando lo light y efectivamente poco contundente, aunque no creo que la contundencia fuera el objetivo del postre. Bien.

El segundo me pareció una obra maestra, un Sabayón de azúcar moscovado con mandarina, de tres texturas diferentes y que acompañado con un Par naranja, de Bollullos, resultó una combinación de aquellas que se recuerdan. No hay postre sin copa que merzca tal nombre. Muy muy bien.

En lo del café, si que estos bilbaínos no acaban de acertar: correcto sin más. No excelente mas correcto. Hay sitios donde el café es directamente malo y te puede echar una comida por el suelo (evítese el café en Francia); no es el caso, pero no se le pueden pedir peras al olmo. Si quiere un buen café, se va a Italia.

No podemos terminar este post sin expresarle a nuestro anfitrión nuestro mayor agradecimiento por tan excelente invitación.

Sant Joan

kudeku 03/07/2008 @ 13:45

Días intensos en el norte durante el puente largo de Sant Joan. Tras la inevitable indecisión incial (¿nos vamos o nos quedamos? ¿dónde vamos? yo quiero mar, pues yo montaña: así no hay manera; pues ya veremos qué hacemos) y la calculada improvisación posterior, resultó que terminamos por acercarnos a tierras vascas, donde siempre nos encontramos a gusto.

Sábado: 

El viaje de ida, tranquilo, evitando la autopista, subiendo hacia el Pirineo, comiendo en Jaca (unas migas estupendas, el conejo no tanto -¡qué manía con la picada de perejil!-) y bordeando el embalse de Yesa, con las familias refrescándose y pasando la tarde bajo los pinos y algunas sombrillas, hasta llegar a una asfixiante Pamplona y por fín alcanzar una Donostia pre-tormentosa. Y efectivamente, nos pilló el chaparrón, aunque no lo lamentamos por lo frescos que estuvimos. Y luego, pues lo habitual: pintxos en el Casco Viejo, un paseo la mar de agradable, unas copichuelas... lo típico, vamos.

Domingo: 

Día de ruta por la costa guipuzcoana y vizcaína, tras un desayuno de pintxos y txacolí. Y café, claro. Mañana brumosa en Donostia, tras la lluvia, y descubrimiento de los pueblos y las playas: Zarautz, Getaria, Zumaia (nos gustó su playa, pero no sé porqué no nos paramos y lo hicimos en Deba). Luego Mutriku y llegamos a Lekeitio, que nos gustó y en el que decidimos parar a comer, algo sencillo (ensalada y chipirones en su tinta) que nos liberara de tanto pintxo acumulado.

Resposados, tomamos la directa hacia Bilbao, esperando llegar a tiempo para establecernos en el Hostal Begoña, llamar al mejor anfitrión que uno pueda esperar encontrar y dispuestos a aprovechar un par de días en la capital. Y lo cierto es que fue una dura prueba: comer pintxos domingo por la noche, yendo de un lado para otro, con un España-Italia en todos los televisores, y nosotros de parranda, fue complicado, pero el examen se aprobó con nota. Uno de esos días en que te acuestas con una sonrisa en los labios: las cosas van bien.

Lunes:Puerto Viejo

Un café justito, un pintxo de tortilla sin cebolla, un par de compras necesarias, y escapada en coche bajando por la ría hasta el Puerto Viejo de Algorta, semidesierto, tranquilo, soleado. El Puerto Viejo es un espacio diminuto, más que diminuto enclaustrado, que escala la ladera y vive su vida con la permanente amenaza de los edificios residenciales que lo acotan desde arriba. Menudas moles desde lejos. Ahí es nada. Los pocos paseantes que andábamos por sus calles o nos tomamos unos pintxos (como no) en su placita ni nos inmutamos por ello. La vida sigue su ritmo, a veces más acelerado y otras más pausado, y a menudo estamos entre los acelerados: capeemos el temporal entonces y aprovechemos y disfrutemos cuando la vida reduce una marcha y las cosas van de slow. Y a este placer nos entregamos. Leyendo periódicos, picando pintxos, tomando brebajes frescos de baja graduación (pero graduación, al fín y al cabo) y disfrutando del día.

Tapelia BilbaoLuego, una siesta en la playa de Ereaga, de arena limpia pero agua sucia y retorno a Bilbao, con una parada para ver eso del Puente Colgante de Bizkaia (que yo conocía por Puente de Portugalete). Por la noche, un tanto saturados de tanto pintxo, nos acercamos a un Tapelia, que yo no conocía y en el que cenamos bien, suave, sin estridencias.

Martes:

De nuevo un café justito (parece que en Bilbao también hacen alguna cosa mal) y agradable paseo por la riba izquierda hasta el Guggenheim y el Euskalduna. El primero impresiona, el segundo fascina. Volvemos en tranvía al Casco Viejo y nos encontramos con nuestro anfitrión en el Bilbao, haciendo hueco para la comida. De la comida hablaré en un post inmediatamente porque merece punto y aparte. Sólo anticipar que fue un descubrimiento absoluto, sin matices. Después, por la tarde y ya con la inquietud de ver que el reloj avanzaba hacia lo inevitable, conocimos a Mikel, que nos acogió maravillosamente y con el que charlamos un buen rato sobre todo y sobre nada.

Y como el reloj dijo basta, tuvimos que dejarlo ahí, recoger el coche y salir zumbando a nuestro pesar hacia el Mediterráneo. Ahora si por autopista y contando el paso de las horas. Pudimos disfrutar del paisaje hasta Zaragoza, lo justo para dejar en la agenda una nota de que La Rioja está ahí, esperándonos para otra ocasión. Y sin más, llegamos a Barcelona apenas el miércoles empezó a sacar cabeza.