La realidad es la suma de todos los mapas mentales imaginables.
Dijo Mark Jenkins, el autor de Rumbo a Tombuctú:
Los mapas establecen un orden en la tierra, aplastando un espacio accidentado hasta convertirlo en cuadrados bidimensionales y seguros, con límites y líneas rectas: montañas con alturas, océanos con profundidades. Cuando llegas allí, claro, no se parece en nada a lo que habías imaginado. Es como si hubiera explotado una bomba justo antes de tu llegada, el caos es absoluto, no tienes ni idea de lo que ocurre.
Sólo con acercarse a Ordesa se entiende fácilmente lo que significa.
Las ciudades, que son el orden humano más caótico que existe, conforman más que otra cosa esa suma de mapas mentales que es la realidad. Todos tenemos un mapa de nuestra ciudad: particular y único; que conforma nuestra cotidianeidad inexportable. Nuestras vidas pueden ser muy parecidas, pero nuestro mapa urbano difiere aunque sea unos milímetros del de al lado.
Los mapas mentales urbanos son conformados por muy diversos elementos, cada uno tiene los suyos, va a épocas aunque a veces no hay elección. Normalmente, el eje que forman el barrio en que vivimos y el lugar donde trabajamos son los que configuran, de forma principal, nuestro mapa mental: las tiendas en que compramos, dónde almorzamos, un parque o un museo, el transporte que usamos para desplazarnos...
El metro es un gran configurador de mapas mentales, ya lo creo: los recién llegados suelen tener una percepción de la ciudad que es radial a partir de las paradas de metro:
¿este sitio donde tengo que ir está cerca del metro de Tetuán? No, mejor te bajas en Monumental y te queda al lado...
Recuerdo cuando era pequeño e iba siempre en metro, salía expulsado del calor del subterráneo a un trozo de ciudad, que se conformaba a partir de la misma boca de metro (ésto es Arc de Triomf). Luego, cuando pude moverme a mi aire y conquisté nuevos espacios urbanos, en el fondo lo que hacía era ir pegando esos trozos de ciudad que antes sólo conocía desde la boca del metro.
Ah, de manera que ésto es lo que hay entre Palau Reial y Collblanc...
Y así es como empecé a conformar mi mapa mental de Barcelona.
Luego vino el coche. Con el coche, pronto me las ingenié para evitar atascos, y de paso fui conociendo zonas intermedias urbanas que pronto configurarían (algunas) mi mapa mental. Un día, intentando evitar el follón en Gran Vía, me desvié un poco y conocí el barrio de La font de la Guatlla... Antes, cuando volvía de clase, me metía por las callejas de Sarrià descubriendo nuevos espacios... Otro, buscando como llegar a casa de los abuelos descubrí unas preciosas calles en Horta...
La familia es una gran configuradora de mapas mentales, cuando somos críos: ese parque al que te llevaban de pequeño, la esquina donde íbais a recojer a tu madre del trabajo, la terraza donde tus padres se tomaban el vermú, el restaurante en el que celebrábais los compleaños del abuelo, el mercado en el que la abuela compraba el bacalao que iba a desalar para el domingo... en fín, esas cosas que pasan. Aunque, posiblemente, no nos damos cuenta de la historia que llevamos encima hasta que, siempre demasiado tarde, miramos hacia atrás para buscar lo que somos.
Y luego, entre lo que llevamos encima, lo que vamos pegando, lo que los amigos nos cuentan o adonde nos llevan, lo que fisgoneamos y encontramos nosotros mismos... juntandolo todo llegamos a tener un mapa mental, urbano, de nuestra realidad, de nuestra vida cotidiana. Ahí están los restaurantes a los que me gusta ir, o los sitios donde prefiero tomar una copa o un café a media mañana, o simplemente donde compro el periódico, aquél colmado encantador, las calles por las que paso... y así se va formando el paisaje de la ciudad en mi mente. Mi mapa mental.
Eso es algo que merece la pena compartir con los demás.