Del mite al logos
I per fi es poder va deixar enrere Hesíode i s'entrà en l'era del saber.
I per fi es poder va deixar enrere Hesíode i s'entrà en l'era del saber.
Descubrimiento total y absoutamente casual, antes de salir de casa. Nos decidimos a ir tras ver un par de recomendaciones y rondar por la cercana Navarrete. Alberto, de Bodegas Corral aplaude nuestra elección y nos manda un saludo para Carlos. Llegamos rápido desde Navarrete. Buen recibimiento. Día lluvioso que se presta a una buena comida riojana. 
De entrada una Crema de calabaza con crujiente de patata. Bien hecha. Las lascas de bacalao con huevas de salmón, ni fú ni fa (algo seco el bacalao).
Compartimos los primeros. Las setas con gambas muy sabrosas, las setas excepcionales, las gambas algo menos pero el conjuto muy bien. Las croquetas de jamón ibérico no son nada del otro mundo: demasiado tamizadas, demasiada bechamel, poco sabor de ibérico. Ya se sabe, ningunas croquetas como las de casa. Voy obsesionado con las pochas y la media ración de Alubias pochas con almejas me resulta excelente; las alubias muy dulces y suaves, mantecosas en su punto. Las almejas fresquísimas. Muy bien por lo clásico.
El segundo lo fallo: pido el Magret de ciervo con frutas del bosque y la carne resulta muy buena, tierna y jugosa, impecablemente cortada, pero el contrapunto de las frutas del bosque lo deja todo en un punto medio: no es un plato nada resuelto. En cambio, pruebo una Costillita de lechal al sarmiento y empiezo a darme en la pared por no haberme inclinado por esta maravilla: brutal, tueste perfecto, sabor inmejorable, el punto es delicioso.
Acompañamos todo esto con un Arar 2004, un vino de Navarrete, de la bodega más pequeña y desconocida de LaRioja (Arranz-Argote), apenas 6.000 botellas por año, dice Carlos, y que me dejó muy gratamente sorprendido: no es nada parecido a un "Rioja clásico": parece un gran vino del Bierzo, o de Toro... pero tiene un algo de muchísima calidad en el fondo... sin duda lo buscaremos más a menudo. Incluso la etiqueta no parece riojana: ¡ya era hora que alguien en La Rioja rompiera con tanta tradición mal entendida e hiciera una etiqueta preciosa de verdad!
Como postre elegimos la Costrada riojana con helado de leche merengada, que es un hojaldre con crema y nata y me parece un postre sencillo pero espectacular a la vez. Delicioso y nada pesado.
Lástima que no me pirre por los puros, porque si algo merecía ser disfrutado en la Venta era su sala de fumadores, especialmente pensada para el "café, copa y puro" de toda la vida. Tomamamos sólo un café, bien.
En el global, un lugar que merece mucho la pena: 45 € por barba y la sensación de haber comido muy bien, pese a algun altibajo perfectamente perdonable. Sin duda volveremos.
Venta Moncalvillo. Ctra de Medrano, 6. Daroca de la Rioja. Tf. 941.44.48.32 www.ventamoncalvillo.com

Ya habíamos hablado de JG Ballard una vez. Este tío es un auténtico visionario.
Sería imperdonable perderse la exposición que el CCCB le dedica a este genio. Hasta el 2 de noviembre.
Fueron 9 días de travesía increibles, algo duros en algún momento, pero llenos de satisfacciones la mayoría. Conociendo el Pirineo Occidental. Desde Candanchú hasta el Cabo Higuer, en Hondarribia, siguiendo las marcas roja y blanca. Como no me gustaba la idea de poner la ruta en este blog, abrí un fotoblog con las fotos de la ruta. Problemas técnicos impidieron poder hacer más fotos en los últimos días, pero eso es lo de menos.
Os invito a dar un paseo por el fotoblog y a compartir este pequeño gran viaje clicando justo aquí.
Puestos a que nos frían a comisiones, recargos e intereses, a que las condiciones no sean nunca las mejores, a que les tengamos que entregar mucho de lo que tenemos, a que tengamos que pelear con ellos para conseguir arañar minucias... en definitiva, puestos a depender de ellos, para lo bueno pero sobretodo para lo malo...
... al menos que me reciban con flores y una arquitectura agradable y no en estas moles frías, impersonales e insultantes de tanto poder como desprenden.


Teniendo aquí al lado uno de los mejores festivales del mundo de fotoperiodismo, si no descaradamente el mejor, sería impresentable no acercarse a husmear.

Y como la visita bien merece un buen día, pueden comer en cualquiera de las terrazas que hay en Perpignan, pero si de verdad alguien quiere quedar satisfecho, por recomendar que no quede:
Les Antiquaires
Place Desprès, Perpignan
Tf: (0033)468340658
Callejeando de exposición en exposición es fácil de encontrar, aunque después de elegir alguna de sus recomendaciones en vinos del Languedoc-Roussillon (carta generosa) no es tan secillo encontrar los palacios expositores. El año pasado elegimos un Chateau des Pins, un blanco con algo de crianza que le fue estupendamente al Foie con dulce de Banyuls y a los Pescados al azafrán. Atención al Pastel de miel con chocolates.
Dije aquí que le dedicaría un espacio aparte a la comida del martes 24 en Bilbao porqué así lo merece. Fue curioso y casual que fueramos al Restaurante Mina, en el Muelle Marzana, justo enfrente de La Ribera, tres días después que saliera reseñado en el suplemento de un periódico de tirada nacional. El crítico en nómina suele repartir estopa, así cocinaran para él Adrià, Santamaría, Ducasse, Bocusse y Apicio todos juntos. Como la idea no es meterse con los críticos sino valorar lo que a mi entender fue esa comida, empezaré afirmando que entramos en Mina con un especial interés y otorgando una gran cuota de relatividad rozando la incredulidad a lo que habíamos leído en dicha crítica.

Coincidimos en que la apuesta es arriesgada: un lugar muy céntrico pero urbanísticamente todavía apartado del flujo urbano habitual. Tiempo al tiempo: los ritmos de las ciudades requieren temporalidades que no se trazan con cartabón. No ayuda el hecho de que el Muelle sea poco más que una calle hormigonada, sin vida en la ría y muy poca en la arquitectura circundante. De repente, a la altura de La Ribera aparece la entrada del Mina, un tanto escondida, y que fácil puede ser pasada por alto si uno observa embobado la magnifica estructura del mercado. Es una apuesta, sin duda alguna.
Estuvimos solos gran parte de la comida, con lo que la atención de Lara fue excelente incluso antes de entrar por la puerta, según se dijo: desde la misma llamada. El espacio apunta muy alto: desde la bodega en la entrada, los servicios correctos y la sala enfocada hacia la ría. Todo fueron facilidades, y el menú (único y circulante, compuesto de varias medias raciones: otra apuesta) nos gustó de entrada, con lo que nos dispusimos a disfrutar de un buen almuerzo en muy buena compañía.

La carta de los vinos resultó más que suficiente, y encontramos la referencia correcta que nos permitió escapar de la que llamamos Dictadura de los Rioja, muy extendida en Bilbao. Ojalá todas las dictaduras fueran como esta. Encontramos un Enrique Mendoza, el shiraz del 2005, que nos encanta por su fruta madura y ligera crianza; y a un precio muy adecuado.
Empezamos con un Foie pochado en vino tinto con sardina en salazón. Los toques de regaliz, muy conseguidos, lo que más me gustó del plato. El foie no me pareció del todo adecuado, sinceramente los he tomado mejores, pero el global del plato me dio una buena sensación de entrada.
El "Risotto" de begi haundi resultó ser de lo más curioso porque nunca había probado este tipo de plato: el begi haudi es un calamar grandote, como una jibia, y cortado así tan pequeño como si fuera arroz estaba curioso. El plato tenía unos matices de cacao y piñones que le dieron ese punto que compensa el soso del calamar: muy bien.
Con el guiso de callo de cordero y setas de temporada entramos en otra dimensión. Soy de los que considera que una buena comida necesita inevitablemente de un guiso, y este de callos resultó estupendo: la textura insuperable y la espuma que lo acompañaba no me molestó en absoluto, cosa que de por si ya es un logro.
En este momento el grado de felicidad era elevado, y la tripa empezaba a sentirse satisfecha, muy satisfecha, pero aún pudimos disfrutar más. Primero con la Merluza acompañada de su pil pil y pisto, para mi quizás el plato más flojito de todos. Pero ¿sabéis qué? el producto era insuperable: la merluza estaba tan fresca que apenas Lara salió de la cocina a la sala con los platos ya percibimos su aroma fresco y penetrante: y así se lo dijimos.
Terminamos con un Lechón confitado con crema de manzana. Detectamos ahí una crema de naranja amarga que a mi me gustó mucho, una pena que la manzana quedara algo escondida. El lechón se presentó crujiente, con lo que se realzó su sabor. Para mi, el mejor plato de todos.
Pero con los postres llegamos al summum. En eso si acertó nuestro crítico gruñón (el del periódico), y es que en los postres, el talento de Álvaro llega a la excelencia. Fueron dos, pero podrían haber sido siete. Primero un Merengue de piña con sorbete de hierbaluisa, muy refrescante y delicado sobremanera, rozando lo light y efectivamente poco contundente, aunque no creo que la contundencia fuera el objetivo del postre. Bien.
El segundo me pareció una obra maestra, un Sabayón de azúcar moscovado con mandarina, de tres texturas diferentes y que acompañado con un Par naranja, de Bollullos, resultó una combinación de aquellas que se recuerdan. No hay postre sin copa que merzca tal nombre. Muy muy bien.
En lo del café, si que estos bilbaínos no acaban de acertar: correcto sin más. No excelente mas correcto. Hay sitios donde el café es directamente malo y te puede echar una comida por el suelo (evítese el café en Francia); no es el caso, pero no se le pueden pedir peras al olmo. Si quiere un buen café, se va a Italia.
No podemos terminar este post sin expresarle a nuestro anfitrión nuestro mayor agradecimiento por tan excelente invitación.
Días intensos en el norte durante el puente largo de Sant Joan. Tras la inevitable indecisión incial (¿nos vamos o nos quedamos? ¿dónde vamos? yo quiero mar, pues yo montaña: así no hay manera; pues ya veremos qué hacemos) y la calculada improvisación posterior, resultó que terminamos por acercarnos a tierras vascas, donde siempre nos encontramos a gusto.
Sábado:
El viaje de ida, tranquilo, evitando la autopista, subiendo hacia el Pirineo, comiendo en Jaca (unas migas estupendas, el conejo no tanto -¡qué manía con la picada de perejil!-) y bordeando el embalse de Yesa, con las familias refrescándose y pasando la tarde bajo los pinos y algunas sombrillas, hasta llegar a una asfixiante Pamplona y por fín alcanzar una Donostia pre-tormentosa. Y efectivamente, nos pilló el chaparrón, aunque no lo lamentamos por lo frescos que estuvimos. Y luego, pues lo habitual: pintxos en el Casco Viejo, un paseo la mar de agradable, unas copichuelas... lo típico, vamos.
Domingo:
Día de ruta por la costa guipuzcoana y vizcaína, tras un desayuno de pintxos y txacolí. Y café, claro. Mañana brumosa en Donostia, tras la lluvia, y descubrimiento de los pueblos y las playas: Zarautz, Getaria, Zumaia (nos gustó su playa, pero no sé porqué no nos paramos y lo hicimos en Deba). Luego Mutriku y llegamos a Lekeitio, que nos gustó y en el que decidimos parar a comer, algo sencillo (ensalada y chipirones en su tinta) que nos liberara de tanto pintxo acumulado.
Resposados, tomamos la directa hacia Bilbao, esperando llegar a tiempo para establecernos en el Hostal Begoña, llamar al mejor anfitrión que uno pueda esperar encontrar y dispuestos a aprovechar un par de días en la capital. Y lo cierto es que fue una dura prueba: comer pintxos domingo por la noche, yendo de un lado para otro, con un España-Italia en todos los televisores, y nosotros de parranda, fue complicado, pero el examen se aprobó con nota. Uno de esos días en que te acuestas con una sonrisa en los labios: las cosas van bien.
Lunes:
Un café justito, un pintxo de tortilla sin cebolla, un par de compras necesarias, y escapada en coche bajando por la ría hasta el Puerto Viejo de Algorta, semidesierto, tranquilo, soleado. El Puerto Viejo es un espacio diminuto, más que diminuto enclaustrado, que escala la ladera y vive su vida con la permanente amenaza de los edificios residenciales que lo acotan desde arriba. Menudas moles desde lejos. Ahí es nada. Los pocos paseantes que andábamos por sus calles o nos tomamos unos pintxos (como no) en su placita ni nos inmutamos por ello. La vida sigue su ritmo, a veces más acelerado y otras más pausado, y a menudo estamos entre los acelerados: capeemos el temporal entonces y aprovechemos y disfrutemos cuando la vida reduce una marcha y las cosas van de slow. Y a este placer nos entregamos. Leyendo periódicos, picando pintxos, tomando brebajes frescos de baja graduación (pero graduación, al fín y al cabo) y disfrutando del día.
Luego, una siesta en la playa de Ereaga, de arena limpia pero agua sucia y retorno a Bilbao, con una parada para ver eso del Puente Colgante de Bizkaia (que yo conocía por Puente de Portugalete). Por la noche, un tanto saturados de tanto pintxo, nos acercamos a un Tapelia, que yo no conocía y en el que cenamos bien, suave, sin estridencias.
Martes:
De nuevo un café justito (parece que en Bilbao también hacen alguna cosa mal) y agradable paseo por la riba izquierda hasta el Guggenheim y el Euskalduna. El primero impresiona, el segundo fascina. Volvemos en tranvía al Casco Viejo y nos encontramos con nuestro anfitrión en el Bilbao, haciendo hueco para la comida. De la comida hablaré en un post inmediatamente porque merece punto y aparte. Sólo anticipar que fue un descubrimiento absoluto, sin matices. Después, por la tarde y ya con la inquietud de ver que el reloj avanzaba hacia lo inevitable, conocimos a Mikel, que nos acogió maravillosamente y con el que charlamos un buen rato sobre todo y sobre nada.
Y como el reloj dijo basta, tuvimos que dejarlo ahí, recoger el coche y salir zumbando a nuestro pesar hacia el Mediterráneo. Ahora si por autopista y contando el paso de las horas. Pudimos disfrutar del paisaje hasta Zaragoza, lo justo para dejar en la agenda una nota de que La Rioja está ahí, esperándonos para otra ocasión. Y sin más, llegamos a Barcelona apenas el miércoles empezó a sacar cabeza.
Uno de los platos más extraordinarios (y sencillos) que se pueden comer en Francia es la Tartiflette, un gratinado de patatas con queso, cebolla y panceta. Es un plato campesino, saboyardo, por lo tanto muy contundente para soportar los fríos alpinos de esta hermosa región de Francia. El gran secreto de la tartiflette consiste en el queso que se gratina: el Reblochon, una maravilla que cruda resulta bastante insípida (siempre y cuando no madure más de la cuenta) pero que cocido o en tartiflette desprende todo su potencial olfativo y gustativo.
Así, capa a capa (patata, cebolla, panceta y reblochon) se configura un auténtico platazo, a mi parecer mejor que las fondues y las raclettes, pero sin duda de la misma familia. Mi madre prepara unas tartiflette muy suculentas, pero ya lo dejamos hasta el invierno: ahora entra mejor un gazpachito.
Las mejores tartiflettes que he comido jamás han sido en Le Montagnole, un restaurante familiar muy sencillo de Bourg-St-Maurice, en la Saboya, cerca de la frontera italiana. En Le Montagnole tienen un fabuloso Menú Savoyarde. Mientras esperas, te puedes tomar un estupendo Kir Royale y pensar si los vinos locales son suficientemente adecuados para acompañar el festín o mejor nos vamos con un Borgoña. Una vez elegí un Côtes du Rhone espléndido, pero otra la pifié con un Loire. Nunca acierto con los vinos del Loire.
El Menú comienza con una ensalada como entrante, si se le puede llamar ensalada, porque tiene muchos trozos de saucissons y muy poco verde. El plato fuerte es una impresionante tartiflette, algo más elaborada que las que comemos en casa (seguro que lleva algo más de mantequilla y crema de leche) pero de resultado demoledor. Un placer para glotones. Por si fuera poco, el postre del menú es un helado de biscuit, con trozos de piña y frutos secos, algo "ligero" para terminar el atracón.
La primera vez que aterricé en Le Montagnole me metí yo solito, entre pecho y espalda, un menú completo. Es algo desaconsejable a no ser que se sea un auténtico profesional de la deglución, porque el resultado es potente en exceso. Pero si se comparte, puede acabar siendo una cena para recordar sin que signifique un inevitable empacho. Y no es caro. La salida a la calle nos despertará, con el aire fresco de la noche alpina. Y para dormir, cerquita está el Hotel Autantic: sencillo, acogedor y con unas vistas preciosas.

Inicialmente, el plan era ir a caminar por algún rincón del Pirineo: de la Garrotxa, el Ripollès o el Berguedà. Luego la cosa derivó en caminar por el Cap de Creus hasta poder llegar a la Tavellera y darnos un baño. Y con la mediación de la huelga de transportistas, que nos pilló en La Roca durante una hora, acabó siendo una subida a las rocas del Port de la Selva, con el primer chapuzón mediterráneo del año, breve pero delicioso, y una mesa reservada en Can Narra para hacer un suquet. Comer, al fín y al cabo, que es como se hacen bien las cosas.
Pasamos pues, de la excelencia convertida en arte en Can Roca a la perfecta sencillez del mar puesto en la cazuela, con patata y poco más. Poco más es lo que le hace falta al suquet de Can Narra. Con el cuerpo medio adormecido por efecto de la sal, los dedos de los pies frotándose perezosamente fuera de las chanclas, un vino blanco de l'Empordà, fresquete e ideal para el momento, y la luz del Mediterráneo inundando el comedor, pasamos una comida deliciosa acompañados de los amigos que hacen que estos momentos valgan la pena.
Después, una siesta en la playa nos acabó de reencontrar con el verano que creíamos no llegaría, después de un mes lluvioso, deseado pero lluvioso al fín y al cabo. Y aunque fuera domingo por la tarde y pronto terminara todo, nos sentimos felices en un día que acabó siendo casi perfecto.