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Categoría: Ñam

Visa pour l'image

kudeku 30/08/2008 @ 19:17

Teniendo aquí al lado uno de los mejores festivales del mundo de fotoperiodismo, si no descaradamente el mejor, sería impresentable no acercarse a husmear.

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Hasta el 14 de septiembre

Y como la visita bien merece un buen día, pueden comer en cualquiera de las terrazas que hay en Perpignan, pero si de verdad alguien quiere quedar satisfecho, por recomendar que no quede:

Les Antiquaires
Place Desprès, Perpignan
Tf: (0033)468340658

Callejeando de exposición en exposición es fácil de encontrar, aunque después de elegir alguna de sus recomendaciones en vinos del Languedoc-Roussillon (carta generosa) no es tan secillo encontrar los palacios expositores. El año pasado elegimos un Chateau des Pins, un blanco con algo de crianza que le fue estupendamente al Foie con dulce de Banyuls y a los Pescados al azafrán. Atención al Pastel de miel con chocolates.

Mina

kudeku 03/07/2008 @ 16:03

Dije aquí que le dedicaría un espacio aparte a la comida del martes 24 en Bilbao porqué así lo merece. Fue curioso y casual que fueramos al Restaurante Mina, en el Muelle Marzana, justo enfrente de La Ribera, tres días después que saliera reseñado en el suplemento de un periódico de tirada nacional. El crítico en nómina suele repartir estopa, así cocinaran para él Adrià, Santamaría, Ducasse, Bocusse y Apicio todos juntos. Como la idea no es meterse con los críticos sino valorar lo que a mi entender fue esa comida, empezaré afirmando que entramos en Mina con un especial interés y otorgando una gran cuota de relatividad rozando la incredulidad a lo que habíamos leído en dicha crítica.

Mina

Coincidimos en que la apuesta es arriesgada: un lugar muy céntrico pero urbanísticamente todavía apartado del flujo urbano habitual. Tiempo al tiempo: los ritmos de las ciudades requieren temporalidades que no se trazan con cartabón. No ayuda el hecho de que el Muelle sea poco más que una calle hormigonada, sin vida en la ría y muy poca en la arquitectura circundante. De repente, a la altura de La Ribera aparece la entrada del Mina, un tanto escondida, y que fácil puede ser pasada por alto si uno observa embobado la magnifica estructura del mercado. Es una apuesta, sin duda alguna.

Estuvimos solos gran parte de la comida, con lo que la atención de Lara fue excelente incluso antes de entrar por la puerta, según se dijo: desde la misma llamada. El espacio apunta muy alto: desde la bodega en la entrada, los servicios correctos y la sala enfocada hacia la ría. Todo fueron facilidades, y el menú (único y circulante, compuesto de varias medias raciones: otra apuesta) nos gustó de entrada, con lo que nos dispusimos a disfrutar de un buen almuerzo en muy buena compañía.

Enrique Mendoza Shiraz 2005

La carta de los vinos resultó más que suficiente, y encontramos la referencia correcta que nos permitió escapar de la que llamamos Dictadura de los Rioja, muy extendida en Bilbao. Ojalá todas las dictaduras fueran como esta. Encontramos un Enrique Mendoza, el shiraz del 2005, que nos encanta por su fruta madura y ligera crianza; y a un precio muy adecuado.

Empezamos con un Foie pochado en vino tinto con sardina en salazón. Los toques de regaliz, muy conseguidos, lo que más me gustó del plato. El foie no me pareció del todo adecuado, sinceramente los he tomado mejores, pero el global del plato me dio una buena sensación de entrada.

El "Risotto" de begi haundi resultó ser de lo más curioso porque nunca había probado este tipo de plato: el begi haudi es un calamar grandote, como una jibia, y cortado así tan pequeño como si fuera arroz estaba curioso. El plato tenía unos matices de cacao y piñones que le dieron ese punto que compensa el soso del calamar: muy bien.

Con el guiso de callo de cordero y setas de temporada entramos en otra dimensión. Soy de los que considera que una buena comida necesita inevitablemente de un guiso, y este de callos resultó estupendo: la textura insuperable y la espuma que lo acompañaba no me molestó en absoluto, cosa que de por si ya es un logro.

En este momento el grado de felicidad era elevado, y la tripa empezaba a sentirse satisfecha, muy satisfecha, pero aún pudimos disfrutar más. Primero con la Merluza acompañada de su pil pil y pisto, para mi quizás el plato más flojito de todos. Pero ¿sabéis qué? el producto era insuperable: la merluza estaba tan fresca que apenas Lara salió de la cocina a la sala con los platos ya percibimos su aroma fresco y penetrante: y así se lo dijimos.

Terminamos con un Lechón confitado con crema de manzana. Detectamos ahí una crema de naranja amarga que a mi me gustó mucho, una pena que la manzana quedara algo escondida. El lechón se presentó crujiente, con lo que se realzó su sabor. Para mi, el mejor plato de todos.

Pero con los postres llegamos al summum. En eso si acertó nuestro crítico gruñón (el del periódico), y es que en los postres, el talento de Álvaro llega a la excelencia. Fueron dos, pero podrían haber sido siete. Primero un Merengue de piña con sorbete de hierbaluisa, muy refrescante y delicado sobremanera, rozando lo light y efectivamente poco contundente, aunque no creo que la contundencia fuera el objetivo del postre. Bien.

El segundo me pareció una obra maestra, un Sabayón de azúcar moscovado con mandarina, de tres texturas diferentes y que acompañado con un Par naranja, de Bollullos, resultó una combinación de aquellas que se recuerdan. No hay postre sin copa que merzca tal nombre. Muy muy bien.

En lo del café, si que estos bilbaínos no acaban de acertar: correcto sin más. No excelente mas correcto. Hay sitios donde el café es directamente malo y te puede echar una comida por el suelo (evítese el café en Francia); no es el caso, pero no se le pueden pedir peras al olmo. Si quiere un buen café, se va a Italia.

No podemos terminar este post sin expresarle a nuestro anfitrión nuestro mayor agradecimiento por tan excelente invitación.

Sant Joan

kudeku 03/07/2008 @ 13:45

Días intensos en el norte durante el puente largo de Sant Joan. Tras la inevitable indecisión incial (¿nos vamos o nos quedamos? ¿dónde vamos? yo quiero mar, pues yo montaña: así no hay manera; pues ya veremos qué hacemos) y la calculada improvisación posterior, resultó que terminamos por acercarnos a tierras vascas, donde siempre nos encontramos a gusto.

Sábado: 

El viaje de ida, tranquilo, evitando la autopista, subiendo hacia el Pirineo, comiendo en Jaca (unas migas estupendas, el conejo no tanto -¡qué manía con la picada de perejil!-) y bordeando el embalse de Yesa, con las familias refrescándose y pasando la tarde bajo los pinos y algunas sombrillas, hasta llegar a una asfixiante Pamplona y por fín alcanzar una Donostia pre-tormentosa. Y efectivamente, nos pilló el chaparrón, aunque no lo lamentamos por lo frescos que estuvimos. Y luego, pues lo habitual: pintxos en el Casco Viejo, un paseo la mar de agradable, unas copichuelas... lo típico, vamos.

Domingo: 

Día de ruta por la costa guipuzcoana y vizcaína, tras un desayuno de pintxos y txacolí. Y café, claro. Mañana brumosa en Donostia, tras la lluvia, y descubrimiento de los pueblos y las playas: Zarautz, Getaria, Zumaia (nos gustó su playa, pero no sé porqué no nos paramos y lo hicimos en Deba). Luego Mutriku y llegamos a Lekeitio, que nos gustó y en el que decidimos parar a comer, algo sencillo (ensalada y chipirones en su tinta) que nos liberara de tanto pintxo acumulado.

Resposados, tomamos la directa hacia Bilbao, esperando llegar a tiempo para establecernos en el Hostal Begoña, llamar al mejor anfitrión que uno pueda esperar encontrar y dispuestos a aprovechar un par de días en la capital. Y lo cierto es que fue una dura prueba: comer pintxos domingo por la noche, yendo de un lado para otro, con un España-Italia en todos los televisores, y nosotros de parranda, fue complicado, pero el examen se aprobó con nota. Uno de esos días en que te acuestas con una sonrisa en los labios: las cosas van bien.

Lunes:Puerto Viejo

Un café justito, un pintxo de tortilla sin cebolla, un par de compras necesarias, y escapada en coche bajando por la ría hasta el Puerto Viejo de Algorta, semidesierto, tranquilo, soleado. El Puerto Viejo es un espacio diminuto, más que diminuto enclaustrado, que escala la ladera y vive su vida con la permanente amenaza de los edificios residenciales que lo acotan desde arriba. Menudas moles desde lejos. Ahí es nada. Los pocos paseantes que andábamos por sus calles o nos tomamos unos pintxos (como no) en su placita ni nos inmutamos por ello. La vida sigue su ritmo, a veces más acelerado y otras más pausado, y a menudo estamos entre los acelerados: capeemos el temporal entonces y aprovechemos y disfrutemos cuando la vida reduce una marcha y las cosas van de slow. Y a este placer nos entregamos. Leyendo periódicos, picando pintxos, tomando brebajes frescos de baja graduación (pero graduación, al fín y al cabo) y disfrutando del día.

Tapelia BilbaoLuego, una siesta en la playa de Ereaga, de arena limpia pero agua sucia y retorno a Bilbao, con una parada para ver eso del Puente Colgante de Bizkaia (que yo conocía por Puente de Portugalete). Por la noche, un tanto saturados de tanto pintxo, nos acercamos a un Tapelia, que yo no conocía y en el que cenamos bien, suave, sin estridencias.

Martes:

De nuevo un café justito (parece que en Bilbao también hacen alguna cosa mal) y agradable paseo por la riba izquierda hasta el Guggenheim y el Euskalduna. El primero impresiona, el segundo fascina. Volvemos en tranvía al Casco Viejo y nos encontramos con nuestro anfitrión en el Bilbao, haciendo hueco para la comida. De la comida hablaré en un post inmediatamente porque merece punto y aparte. Sólo anticipar que fue un descubrimiento absoluto, sin matices. Después, por la tarde y ya con la inquietud de ver que el reloj avanzaba hacia lo inevitable, conocimos a Mikel, que nos acogió maravillosamente y con el que charlamos un buen rato sobre todo y sobre nada.

Y como el reloj dijo basta, tuvimos que dejarlo ahí, recoger el coche y salir zumbando a nuestro pesar hacia el Mediterráneo. Ahora si por autopista y contando el paso de las horas. Pudimos disfrutar del paisaje hasta Zaragoza, lo justo para dejar en la agenda una nota de que La Rioja está ahí, esperándonos para otra ocasión. Y sin más, llegamos a Barcelona apenas el miércoles empezó a sacar cabeza.

Tartiflette en Bourg

kudeku 17/06/2008 @ 13:50

Uno de los platos más extraordinarios (y sencillos) que se pueden comer en Francia es la Tartiflette, un gratinado de patatas con queso, cebolla y panceta. Es un plato campesino, saboyardo, por lo tanto muy contundente para soportar los fríos alpinos de esta hermosa región de Francia. El gran secreto de la tartiflette consiste en el queso que se gratina: el Reblochon, una maravilla que cruda resulta bastante insípida (siempre y cuando no madure más de la cuenta) pero que cocido o en tartiflette desprende todo su potencial olfativo y gustativo.

Así, capa a capa (patata, cebolla, panceta y reblochon) se configura un auténtico platazo, a mi parecer mejor que las fondues y las raclettes, pero sin duda de la misma familia. Mi madre prepara unas tartiflette muy suculentas, pero ya lo dejamos hasta el invierno: ahora entra mejor un gazpachito.

Le MontagnoleLas mejores tartiflettes que he comido jamás han sido en Le Montagnole, un restaurante familiar muy sencillo de Bourg-St-Maurice, en la Saboya, cerca de la frontera italiana. En Le Montagnole tienen un fabuloso Menú Savoyarde. Mientras esperas, te puedes tomar un estupendo Kir Royale y pensar si los vinos locales son suficientemente adecuados para acompañar el festín o mejor nos vamos con un Borgoña. Una vez elegí un Côtes du Rhone espléndido, pero otra la pifié con un Loire. Nunca acierto con los vinos del Loire.

El Menú comienza con una ensalada como entrante, si se le puede llamar ensalada, porque tiene muchos trozos de saucissons y muy poco verde. El plato fuerte es una impresionante tartiflette, algo más elaborada que las que comemos en casa (seguro que lleva algo más de mantequilla y crema de leche) pero de resultado demoledor. Un placer para glotones. Por si fuera poco, el postre del menú es un helado de biscuit, con trozos de piña y frutos secos, algo "ligero" para terminar el atracón.

La primera vez que aterricé en Le Montagnole me metí yo solito, entre pecho y espalda, un menú completo. Es algo desaconsejable a no ser que se sea un auténtico profesional de la deglución, porque el resultado es potente en exceso. Pero si se comparte, puede acabar siendo una cena para recordar sin que signifique un inevitable empacho. Y no es caro. La salida a la calle nos despertará, con el aire fresco de la noche alpina. Y para dormir, cerquita está el Hotel Autantic: sencillo, acogedor y con unas vistas preciosas.

Hotel Autantic

El suquet de despedida

kudeku 17/06/2008 @ 00:30

Inicialmente, el plan era ir a caminar por algún rincón del Pirineo: de la Garrotxa, el Ripollès o el Berguedà. Luego la cosa derivó en caminar por el Cap de Creus hasta poder llegar a la Tavellera y darnos un baño. Y con la mediación de la huelga de transportistas, que nos pilló en La Roca durante una hora, acabó siendo una subida a las rocas del Port de la Selva, con el primer chapuzón mediterráneo del año, breve pero delicioso, y una mesa reservada en Can Narra para hacer un suquet. Comer, al fín y al cabo, que es como se hacen bien las cosas.

Can NarraPasamos pues, de la excelencia convertida en arte en Can Roca a la perfecta sencillez del mar puesto en la cazuela, con patata y poco más. Poco más es lo que le hace falta al suquet de Can Narra. Con el cuerpo medio adormecido por efecto de la sal, los dedos de los pies frotándose perezosamente fuera de las chanclas, un vino blanco de l'Empordà, fresquete e ideal para el momento, y la luz del Mediterráneo inundando el comedor, pasamos una comida deliciosa acompañados de los amigos que hacen que estos momentos valgan la pena.

Después, una siesta en la playa nos acabó de reencontrar con el verano que creíamos no llegaría, después de un mes lluvioso, deseado pero lluvioso al fín y al cabo. Y aunque fuera domingo por la tarde y pronto terminara todo, nos sentimos felices en un día que acabó siendo casi perfecto.

El Celler de Can Roca

kudeku 12/06/2008 @ 12:19

El sábado anterior estaba marcado en la agenda con un punto rojo. Teníamos reserva en el que dicen es uno de los mejores restaurantes no sólo de España sino del mundo: El Celler de Can Roca. Y nos acercamos hasta Girona para comprobarlo.

Can Roca El lugar está bien cuidado: un moderno edificio bajo adosado al lateral de una casa antigua, con unos patios preciosos, un pequeño huerto detrás de la cocina y pizarra (licorella) decorando los espacios intermedios. La decoración de madera clara y mobiliario blanco es exquisita y el espacio entre mesas el adecuado, un poco más amplio no estaría mal, pero adecuado. No me gustaron en absoluto los servicios: sólo un espacio para hombres y otro para mujeres, de forma que cuando quise entrar, al estar ocupado, tuve que esperar un buen rato de pie en el pasillo. Finalmente, opté por entrar en los servicios adaptados. Los servicios deben ser funcionales, sin más.

Pero como no fuimos al Celler de Can Roca a hablar de servicios si no de lo que comimos, vamos a ello. La carta está compuesta por tres menús (Degustación, Festival y Clásicos) y carta de platos. Como se debe elegir el mismo menú para mesa completa y a pesar de mis preferencias por el Degustación, nos decantamos por el menú Festival. No me arrepentí de la elección.

Mientras esperábamos, una copa de cava Albert i Noia, àcida y floral, junto con tres minúsculos pero correctos aperitivos, nos pusieron en situación: una croqueta de parmesano con pimentón de la vera, muy sabrosa, las cuatro texturas de flor de calabacín, de la que me habían hablado y me pareció un poco sosa, la zanahoria baby aromatizada a la naranja, totalmente prescindible.

Pero el menú ya tenía sus propios entrantes, minúsculos también pero que ya anticipában lo que nos íbamos a encontrar más adelante. Entramos en materia con otra copa de cava y unos guisantes a la menta, muy delicados y bien perfumados. El volluté de crustáceos no me gustó, quizás porque no soy un gran amante de las gelatinas y eso de tener una especie de caldo de pescado insípido y temblando en la cuchara no me va. Finalmente, el bombón de foie con nísperos y vainilla resultó ser una espectacular explosión de sabor concentrado.

En cuanto a los vinos, y un tanto saturados cuando uno se encuentra con una carta de tal dimensión, le comentamos al sumiller si nos proponía un maridaje y como la combinación de a copa por plato nos pareció excesiva (el menú consta de 9 platos y tres postres) acertamos de lleno en decantarnos por un maridaje de 3 vinos: dos blancos y un tinto, que encajaron perfectamente con los tres grupos de platos que se nos venían encima. Así pues, con la inminente llegada del primer plato cambiamos cava por un blanco muy adecuado para los tres primeros platos: un Riesling Im Sonnenschein, del 2003, bodega Rebholz, en el Palatinado alemán. Su  acidez resultó ser perfecta para limpiar la boca entre plato y plato, y nos encantaron sus aromas varietales y su mineralidad en boca.

Abrimos con unas Ostras al cava Agustí Torelló, compota de manzana, jenjibre, piña, limón confitado y especias. Un plato interesante por cuanto han trabajado bien el cava, atrapando sus burbujas y lo han convertido a una textura viscosa, espesa, que no me desagradó del todo.

A continuación, nos sirvieron unos Espárragos con parmesano, mandarina y jenjibre, que me dejaron igual, ni fú ni fá. Me gusta que se note el parmesano y resultó demasiado suave. Los espárragos, correctos.

El plato que cerraba esta primera tanda resultó ser de los mejores de la comida: unas múrgulas con un velo de leche de oveja, un plato muy logrado. Aprovechamos para preguntar al camarero de dónde venían las múrgulas, que estaban fresquísimas, y Josep Roca se acercó a comentarnos que en estas últimas semanas de lluvia habían salido un montón de setas en la provincia de Girona.

Nun Vinya dels TausCambiamos el Riesling por un Nun Vinya dels Taus 2006, un xarel·lo con crianza, realizado en una pequeña bodega del Penedès, Cal Raspallet. Nos dejó una extraordinaria impresión: un vino goloso, donde la crianza del xarel·lo da un resultado muy interesante, con toques empireumáticos, no me cansé de olerlo a cada rato.

El Parmentier de aceitunas verdes no me gustó: nos explicaron que el sabor buscaba ser el de una ensaladilla rusa, y no hace falta reinventar la ensaladilla rusa. No acabé de encontrarle el qué y me pareció que todo era demasiado líquido.

El Soufflé de berenjena escalivada a la brasa con sardinas me lo vendieron mal, puesto que lo de llegar a la mesa y hacer el show de destapar el plato para no dejar escapar el aroma de la brasa no me pareció serio. Pero lo cierto es que las sardinas estaban excelentes, y el aroma de la brasa estaba clavado (como se decía antes: huele a gitano). Pero el soufflé de berenjena, siendo excelente, empezó a ponerme algo nervioso en cuanto a lo que espumitas se refiere. Me estaba empezando a cansar esto de no poder morder y estar todo el tiempo con comida texturizada. Le hice un comentario al respecto y el camarero me dijo que esto ocurría porque en muchos sitios hacen espumas malas y estamos acostumbrados a una calidad baja en cuanto a estas cosas. En fín. Afortunadamente, a partir de aquí ya no hubo más espumitas.

La Gamba al vapor de Amontillado resultó impresionante. Junto con las múrgulas, un plato muy logrado, y eso que no era más que una gamba y un poco de salsa de cebolla, lo cual me reitera en que los buenos productos, si sencillos, doble de buenos. Combinado con el iodo que aporta el amontillado Coliseo de Valdespino envejedico más de 30 años cerré esta segunda tanda de platos más que satisfecho.

Para la última tacada nos propusieron un Vall Llach 2000, un Priorat donde predomina el cariñena y al que no pusimos ninguna objeción. De color intenso y buena capa, nos gustaron mucho sus aromas de fruta roja madura y la deseada y bien conseguida mineralidad. Algo de regaliz y especias. En buca resultó poderoso y equilibrado. Amplio en el retrogusto. Como mi copa terminó la botella se creó un poso bastante considerable.

Seguimos la tercera ronda con un Bacalao con sopa de pan con bicho y judías blandas, que me encantó y como la madalena de Proust me llevó a los sabores de los bacalaos que preparaba mi abuela, excelente cocinera.

La ventresca de cabrito con parmentier de leche de cabra y menta resultó un plato extraordinario, con un queso majorero de Canarias y una capa de cabrito crujiente impecables. La menta brillaba por su ausencia, pero no me importó en absoluto.

Finalmente, terminamos con el Royal de oca con alcachofas a la naranja, otra bomba que me convenció de que la elección del menú había sido acertadísima y compensó los platos que me dejaron un poco a medias. La crema de foie resultó un gran complemento.

Terminamos los platos con una sensación de feliz plenitud, esperando los postres. Para nada tenía la sensación de estar a punto de explotar que uno podría esperar cuando va a comer 9 platos.

El primer postre resultó ser muy fresco, unos Guisantes con aromáticos y destilado de eucaliptus.  No hay palabras para describir este postre gigantesco, enrome, muy bien conseguido, refrescante, suave, quizás en una ración demasiado grande, pero simplemente perfecto.

El segundo postre era la famosa adaptación del perfume Trêsor de Lancome, que Jordi Roca ha conseguido inmortalizar. No sé si postre y perfume connecta, supongo que si, pero la delicadeza del plato llenó la boca y la nariz de tal modo que nos dejaron unos pequeños conos empapados del perfume original y no noté nada, tan embriagado por los aromas del postre como estaba: está hecho de una velouté de melocotón de viña con rosas, nísperos y albaricoques.

Can Roca comedorSi el primer postre era fresco, el segundo aromático y perfumado, el tercero combinó el dulce y el amargo con una Endivia al café. La endivia dulcificada resultó interesante y el contraste con el helado de café muy conseguido.

Y así llegamos al final. Felices, pasamos a la sala de los sofás para tomarnos el café. como nos gusta el café a la napolitana, muy corto, ristretíssimo, y muy intenso, siempre advertimos que lo queremos fuerte y corto. En otros lugares de renombre el café nos ha matado, y por eso  avisamos. El café fue correcto, mejor que otros pero no tan bueno como otros muchos. Lo acompañamos de una selección de bombones muy acertada: chocolate, frambuesa, menta...

Y después de un Oporto Vintage del 2003, también correcto pero no espectacular, acompañado de una charla muy agradable nos despedimos de Can Roca, muy satisfechos por la experiencia, con la cuenta bastante menos llena (170 € por cabeza, si, una pasta, pero una relación calidad precio excelente) y la sensación de haber disfrutado de lo lindo.

Volveremos, claro que si.

Miel

kudeku 22/05/2008 @ 17:09

Al fin, después de algunos picotazos defensivos más que comprensibles que esperemos no vayan a más, pudimos obtener la preciada recompensa de esta maravilla. Posiblemente habrá mieles mejores, más dulces, refinadas y más filtradas (todavía hay restos de cera). Pero más natural y casera que esta...
Miel!

Mozarella

kudeku 19/05/2008 @ 23:50

Me ha gustado mucho el post sobre la Mozarella y la Burrata de
Ligasalsas. Sólo añadir que la mejor Mozarella que hemos probado fue en la minúscula y deliciosa Trattoria Da Zi Aniello, en Nápoles.

Desayunos

kudeku 13/05/2008 @ 17:18

DesayunosEn Asesinato en el Comité Central, Montalbán exiliaba temporalmente de Barcelona a Carvalho, mandándole al Madrid de la Transición más dura. Nuestro detective no hacía más que lamentarse amargamente del desierto de porras y churros añorando un más que estimable desayuno a base de pan con tomate, catalana de esa bien trufada, unas aceitunas partidas, un clarete frío en porrón. Cosas suaves. Quizás exageraba Montalbán. Afortunadamente las cosas han cambiado en la capital. Llega a mis manos una novedad de RBA, Desayunos en Madrid de Sara Cucala, con el estimulante subtítulo Del churro al brunch, con lo que no se reniega de lo clásico y a la vez se abraza lo último. El libro es un placer visual en el que encontramos clásicos como Sylkar y sus apetitosas tortillas y el goce de un completo brunch en el hermoso y tranquilo Iroco. Juntos pero no revueltos. Aunque si lo que buscais son los mejores churros, también están...

Abejas

kudeku 07/05/2008 @ 09:50

Nada mejor que empezar este blog con una foto del panal con el que me encontré hace unos días en la casa del Montseny. Recuerdo como de crío cada año nos visitaban estas amigas durante la primavera y, tras llevárselas un apicultor, teníamos miel casera durante unos días. Desde hacía algunos años no habían vuelto, dicen que por una extraña enfermedad que ha reducido la población de abejas. Por ello, el hecho de que hayan vuelto es una gran noticia.

abejasUn gran panal, atiborrado de abejas
que vivían con lujo y comodidad,
mas que gozaba fama por sus leyes
y numerosos enjambres precoces,
estaba considerado un gran vivero
de las ciencias y la industria.
No hubo abejas mejor gobernadas,
ni más veleidad ni menos contento:
no eran esclavas de la tiranía
ni las regía loca democracia,
sino reyes, que no se equivocaban,
pues su poder estaba circunscrito por leyes. (...)

Bernard Mandeville: La fábula de las abejas