El peor viaje del mundo
Siempre que escuchamos adjetivos como el peor, el mayor, el mejor... nuestra curiosidad se pone en alerta para saber de qué se está hablando. El mejor deportista, el peor desastre, el mayor logro superado... nos refieren a algo muy profundo en nosotros: la admiración por los límites. 
La primera vez que escuché sobre este libro, El peor viaje del mundo, fue en una entrevista a Paul Theroux en una época en que sus crónicas de viajes por los ferrocarriles de todo el mundo eran una de las novedades editoriales más recientes en España. En esta entrevista, Theroux hablaba de su libro de viaje favoritos. Como los amigos de mis amigos, son mis amigos; el libro favorito de uno de mis autores favoritos, debería ser uno de mis libros favoritos.
Corrí a mi librería de cabecera a comprar un ejemplar de El peor viaje del mundo, de Apsley Gherry-Garrard y empecé a devorarlo para comprobar si los elogios de Theroux eran ciertos. El libro es la crónica de una expedición polar: la epopeya de Scott por vencer el Polo Sur antes que su rival noruego Roald Amundsen. Ya había leído algunas cosas sobre esta carrera, pero lo cierto es que poder conocer más sobre una de las últimas fronteras conquistadas resultaba suficientemente estimulante.
Y lo cierto es que la crónica del desastre de la expedición de Scott es extraordinaria, impecable y magistralmente escrita. Pero no es lo mejor de este libro. Hay una breve historia dentro, un capítulo de menos de un centenar de páginas, El viaje de invierno, en que Cherry-Garrard nos relata una experiencia límite: un viaje invernal de cinco semanas, desde la base de Scott hasta el Cabo Crozier. Realizado por tres hombres (el mismo Garrard, Bowers y Wilson), a oscuras y con el objetivo de encontrar unos huevos de pingüino emperador estamos ante uno de los relatos más alucinantes de la literatura de viajes. Como escribe el propio Theroux en su introducción:
Las ochenta páginas de este capítulo son las más angustiosas que he leído jamás en un libro de viajes, y poco tienen que envidiar a la Narración de Arthur Gordon Pym de Edgar Allan Poe en lo que se refiere a describir un tiempo amenazador y a transmitir la sensación de creciente terror.
Hay que leerlo para intentar imaginarlo: cinco semanas a oscuras, con viento constante, arrastrando cada uno un trineo de más de 100 kilos, a temperaturas que oscilaron entre los -45º y los -60º, y todo esto con los equipos y el material que podían disponer en el año 1911. Esta es la crónica de un suicidio anunciado que, sin embargo culminó con un final sorprendente: los tres hombres sobrevivieron para contarlo y fue, de hecho, la única victoria moral conociendo el dramático desenlace de la posterior expedición de Scott al Polo.
Hacía varios años que el libro se encontraba agotado, en parte porque, lastimosamente, Ediciones B decidió no continuar apostando por la Biblioteca Grandes Viajeros, una de las mejores colecciones de literatura de viajes que se han editado en España. Pero es una grandísima noticia el conocer que recientemente la misma editorial ha repescado este título para la colección Byblos, en un formato de bolsillo, pero de tapa dura. Y atención porque es una auténtica ganga: el libro vale 5 € según la web de la editorial. No hay ninguna excusa posible para no disfrutarlo.

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En Asesinato en el Comité Central, Montalbán exiliaba temporalmente de Barcelona a Carvalho, mandándole al Madrid de la Transición más dura. Nuestro detective no hacía más que lamentarse amargamente del desierto de porras y churros añorando un más que estimable desayuno a base de pan con tomate, catalana de esa bien trufada, unas aceitunas partidas, un clarete frío en porrón. Cosas suaves. Quizás exageraba Montalbán. Afortunadamente las cosas han cambiado en la capital. Llega a mis manos una novedad de RBA, Desayunos en Madrid de Sara Cucala, con el estimulante subtítulo Del churro al brunch, con lo que no se reniega de lo clásico y a la vez se abraza lo último. El libro es un placer visual en el que encontramos clásicos como Sylkar y sus apetitosas tortillas y el goce de un completo brunch en el hermoso y tranquilo Iroco. Juntos pero no revueltos. Aunque si lo que buscais son los mejores churros, también están...
Había escuchado que algunas veces uno no encuentra un libro, sino que es el libro el que le encuentra a uno. Hasta hace poco no había creido demasiado en esta afirmación. Pero hace unos días, moviendo unas estanterías en casa, me "cayó" en las manos un libro que tenía porahí desde hace años, sin leer, que había visto mil veces pero por una cosa o por otra al final nunca había llegado a abrir. Se trata de Los anillos de Saturno, de W.G.Sebald, la edición de Debate que al parecer se encuentra agotada. Es del año 2002, menos antiguo de lo que parece, pero los bordes de las páginas estan amarillentas de la oxidación, y por el tacto parece que tenga más de cuarenta años. Lo abrí, empecé a leer y sin darme cuenta me quedé enganchado. Es posible que, de alguna forma u otra, los libros le escojan a uno, por lo menos de vez en cuando.

Un gran panal, atiborrado de abejas