Tartiflette en Bourg
Uno de los platos más extraordinarios (y sencillos) que se pueden comer en Francia es la Tartiflette, un gratinado de patatas con queso, cebolla y panceta. Es un plato campesino, saboyardo, por lo tanto muy contundente para soportar los fríos alpinos de esta hermosa región de Francia. El gran secreto de la tartiflette consiste en el queso que se gratina: el Reblochon, una maravilla que cruda resulta bastante insípida (siempre y cuando no madure más de la cuenta) pero que cocido o en tartiflette desprende todo su potencial olfativo y gustativo.
Así, capa a capa (patata, cebolla, panceta y reblochon) se configura un auténtico platazo, a mi parecer mejor que las fondues y las raclettes, pero sin duda de la misma familia. Mi madre prepara unas tartiflette muy suculentas, pero ya lo dejamos hasta el invierno: ahora entra mejor un gazpachito.
Las mejores tartiflettes que he comido jamás han sido en Le Montagnole, un restaurante familiar muy sencillo de Bourg-St-Maurice, en la Saboya, cerca de la frontera italiana. En Le Montagnole tienen un fabuloso Menú Savoyarde. Mientras esperas, te puedes tomar un estupendo Kir Royale y pensar si los vinos locales son suficientemente adecuados para acompañar el festín o mejor nos vamos con un Borgoña. Una vez elegí un Côtes du Rhone espléndido, pero otra la pifié con un Loire. Nunca acierto con los vinos del Loire.
El Menú comienza con una ensalada como entrante, si se le puede llamar ensalada, porque tiene muchos trozos de saucissons y muy poco verde. El plato fuerte es una impresionante tartiflette, algo más elaborada que las que comemos en casa (seguro que lleva algo más de mantequilla y crema de leche) pero de resultado demoledor. Un placer para glotones. Por si fuera poco, el postre del menú es un helado de biscuit, con trozos de piña y frutos secos, algo "ligero" para terminar el atracón.
La primera vez que aterricé en Le Montagnole me metí yo solito, entre pecho y espalda, un menú completo. Es algo desaconsejable a no ser que se sea un auténtico profesional de la deglución, porque el resultado es potente en exceso. Pero si se comparte, puede acabar siendo una cena para recordar sin que signifique un inevitable empacho. Y no es caro. La salida a la calle nos despertará, con el aire fresco de la noche alpina. Y para dormir, cerquita está el Hotel Autantic: sencillo, acogedor y con unas vistas preciosas.


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Marc, ricura, has de mirar de deixar de pensar en el menjar que pots acabar com una mandonguilleta... Cada cop que visito el teu blog m'engreixo!