Sant Joan
Días intensos en el norte durante el puente largo de Sant Joan. Tras la inevitable indecisión incial (¿nos vamos o nos quedamos? ¿dónde vamos? yo quiero mar, pues yo montaña: así no hay manera; pues ya veremos qué hacemos) y la calculada improvisación posterior, resultó que terminamos por acercarnos a tierras vascas, donde siempre nos encontramos a gusto.
Sábado:
El viaje de ida, tranquilo, evitando la autopista, subiendo hacia el Pirineo, comiendo en Jaca (unas migas estupendas, el conejo no tanto -¡qué manía con la picada de perejil!-) y bordeando el embalse de Yesa, con las familias refrescándose y pasando la tarde bajo los pinos y algunas sombrillas, hasta llegar a una asfixiante Pamplona y por fín alcanzar una Donostia pre-tormentosa. Y efectivamente, nos pilló el chaparrón, aunque no lo lamentamos por lo frescos que estuvimos. Y luego, pues lo habitual: pintxos en el Casco Viejo, un paseo la mar de agradable, unas copichuelas... lo típico, vamos.
Domingo:
Día de ruta por la costa guipuzcoana y vizcaína, tras un desayuno de pintxos y txacolí. Y café, claro. Mañana brumosa en Donostia, tras la lluvia, y descubrimiento de los pueblos y las playas: Zarautz, Getaria, Zumaia (nos gustó su playa, pero no sé porqué no nos paramos y lo hicimos en Deba). Luego Mutriku y llegamos a Lekeitio, que nos gustó y en el que decidimos parar a comer, algo sencillo (ensalada y chipirones en su tinta) que nos liberara de tanto pintxo acumulado.
Resposados, tomamos la directa hacia Bilbao, esperando llegar a tiempo para establecernos en el Hostal Begoña, llamar al mejor anfitrión que uno pueda esperar encontrar y dispuestos a aprovechar un par de días en la capital. Y lo cierto es que fue una dura prueba: comer pintxos domingo por la noche, yendo de un lado para otro, con un España-Italia en todos los televisores, y nosotros de parranda, fue complicado, pero el examen se aprobó con nota. Uno de esos días en que te acuestas con una sonrisa en los labios: las cosas van bien.
Lunes:
Un café justito, un pintxo de tortilla sin cebolla, un par de compras necesarias, y escapada en coche bajando por la ría hasta el Puerto Viejo de Algorta, semidesierto, tranquilo, soleado. El Puerto Viejo es un espacio diminuto, más que diminuto enclaustrado, que escala la ladera y vive su vida con la permanente amenaza de los edificios residenciales que lo acotan desde arriba. Menudas moles desde lejos. Ahí es nada. Los pocos paseantes que andábamos por sus calles o nos tomamos unos pintxos (como no) en su placita ni nos inmutamos por ello. La vida sigue su ritmo, a veces más acelerado y otras más pausado, y a menudo estamos entre los acelerados: capeemos el temporal entonces y aprovechemos y disfrutemos cuando la vida reduce una marcha y las cosas van de slow. Y a este placer nos entregamos. Leyendo periódicos, picando pintxos, tomando brebajes frescos de baja graduación (pero graduación, al fín y al cabo) y disfrutando del día.
Luego, una siesta en la playa de Ereaga, de arena limpia pero agua sucia y retorno a Bilbao, con una parada para ver eso del Puente Colgante de Bizkaia (que yo conocía por Puente de Portugalete). Por la noche, un tanto saturados de tanto pintxo, nos acercamos a un Tapelia, que yo no conocía y en el que cenamos bien, suave, sin estridencias.
Martes:
De nuevo un café justito (parece que en Bilbao también hacen alguna cosa mal) y agradable paseo por la riba izquierda hasta el Guggenheim y el Euskalduna. El primero impresiona, el segundo fascina. Volvemos en tranvía al Casco Viejo y nos encontramos con nuestro anfitrión en el Bilbao, haciendo hueco para la comida. De la comida hablaré en un post inmediatamente porque merece punto y aparte. Sólo anticipar que fue un descubrimiento absoluto, sin matices. Después, por la tarde y ya con la inquietud de ver que el reloj avanzaba hacia lo inevitable, conocimos a Mikel, que nos acogió maravillosamente y con el que charlamos un buen rato sobre todo y sobre nada.
Y como el reloj dijo basta, tuvimos que dejarlo ahí, recoger el coche y salir zumbando a nuestro pesar hacia el Mediterráneo. Ahora si por autopista y contando el paso de las horas. Pudimos disfrutar del paisaje hasta Zaragoza, lo justo para dejar en la agenda una nota de que La Rioja está ahí, esperándonos para otra ocasión. Y sin más, llegamos a Barcelona apenas el miércoles empezó a sacar cabeza.

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Me gusta ver en la red gente que habla bien del Tapelia... a mi me encanta. Es uno de mis lugares preferidos. Sigo disfrutando mucho de sus paellas y de su MUERTE POR CHOCOLATE. El proximo viernes organizan una cena Magica de Miedo con motivo del Halloween y aunque en Bilbao, no hay mucha aficion el precio es algo mas que razonable, 31 € un un menu apetecible. ( www.tapeliabilbao.com ) Se come, bien a a buen precio. Ademas... siempre se puede var algun famosete, el otro dia estaba el presentador Jorge Fernandez con supongo su hijo encargando unas paellas para llevarse. Tambien estaba sentado el que fuera portero del Ath. de Bilbao y ahora en el Depor Dani Aranzubia. En Tapelia Bilbao es facil encontrarse con algun famoso.
Uno de los dueños o el jefe, es Javier Calle que presenta un programa de entrevistas bastante majo.
Muy recomendable el Tapelia. *****
Me gusta ver en la red gente que habla bien del Tapelia... a mi me encanta. Es uno de mis lugares preferidos. Sigo disfrutando mucho de sus paellas y de su MUERTE POR CHOCOLATE. El proximo viernes organizan una cena Magica de Miedo con motivo del Halloween y aunque en Bilbao, no hay mucha aficion el precio es algo mas que razonable, 31 € un un menu apetecible. ( www.tapeliabilbao.com ) Se come, bien a a buen precio. Ademas... siempre se puede var algun famosete, el otro dia estaba el presentador Jorge Fernandez con supongo su hijo encargando unas paellas para llevarse. Tambien estaba sentado el que fuera portero del Ath. de Bilbao y ahora en el Depor Dani Aranzubia. En Tapelia Bilbao es facil encontrarse con algun famoso.
Uno de los dueños o el jefe, es Javier Calle que presenta un programa de entrevistas bastante majo.
Muy recomendable el Tapelia. *****